El infierno de Romeo Castellucci

Inferno arranca con el propio director, embutido en un traje protector, atacado por tres perros gigantescos. Es un inicio pasoliniano y que deja bien claro que él, Castellucci, asume solo todos los riesgos. Luego un actor procede a escalar, sirviéndose sólo de manos y pies, los 38 metros de muro de piedra que constituyen el decorado de la Cour d’honneur. Y desde lo alto lanza al escenario un balón de baloncesto. A lo largo de la función la pelota pasará de mano en mano, como una culpa, como una amenaza, como un obsequio. Los actores se ayudarán o se asesinarán entre ellos, se embarcarán en inútiles esfuerzos colectivos o asistirán paralizados a la llegada del caballo blanco del Apocalipsis.

Castellucci propone una sucesión de visiones. Muy poco que ver con la cartografía infernal de Dante y sus nueve círculos, con la pasión clasificatoria que hizo que Nietzsche calificase al autor de la Divina Comedia de “hiena que versifica entre las tumbas”. Pero el miedo y la evocación de la muerte están presentes en la escena. Como la de la vida, a través de niños que juegan dentro de un cubo de cristal, ajenos al horror. A los ruidos de coches que chocan. Al sonido distorsionado de la disección de un cadáver. A la crepitación de las líneas eléctricas. De pronto, la palabra Inferno sube al escenario y es colocada de espaldas al público, es decir, el infierno está donde nosotros, los espectadores. Luego desaparecerá la palabra y sólo quedarán las comillas que la encuadraban, que nos encuadran. Al final unos televisores componen otra palabra: etoile (estrella), pero tres de los monitores son destruidos para que el espectáculo se acabe con toi (tú). Castellucci no cree en la sentencia sartriana de “el infierno son los otros”.

Lo más sorprendente de ese espectáculo deslumbrante es que Castellucci haga explícita la advocación de san Warhol, que diga que nadie como el artista norteamericano “ha pintado la oscuridad del presente, que no es la del dolor o de las guerras, sino el abismo de la superficie”. De la vacuidad, de la pura imagen. Los títulos de las telas de Warhol se inscriben en el palacio de los Papas como sucesión inquietante de iconos del siglo XX. La presentación de Inferno fue puntuada con igual número de “¡Bravos!” que de pateos.

(Del artículo El infierno son los espectadores, Octavi Martí, hoy en El País)

Entrevistas a Castellucci aquí (recomiendo la última parte, a partir del minuto 6), y aquí.La compañía Societas Raffaello Sanzio, aquí.

Deja un comentario

Archivado bajo General

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s